Frank Miller en el cine

Con nombre de malo de película del Oeste, Frank Miller llegó al cine gracias en parte a las ganas de un director de retarse y avanzar dentro de su recorrido cinematográfico. Robert Rodríguez fue el principal interesado en llevar al cine Sin City (2005), proposición que en principio se tomó Frank Miller con reflexión, después de la experiencia negativa que tuvo como guionista de RoboCop 2 (1990) y RoboCo1p 3 (1993). Pero después de que Rodríguez invitara a Miller a Austin a ver una pequeña prueba donde ver el concepto que pretendía tratar el director (concretamente la escena que abre Sin City antes de los créditos) así como la idea de trasladar el cómic de Miller a cine, que no adaptarlo, puso expectativas y ánimos en Miller para llevar su obra al cine.

La implicación de Frank Miller en el proyecto fue prácticamente plena (guionista, productor y director), lo cual hizo lograr acercar posiciones muy detalladamente con las intenciones de Rodríguez (quien además de compartir los tres cargos anteriores con Miller, también fue director de fotografía, cámara, editor, y participó en la composición de la música). Con sus chicos de Troublemaker Studios y la habitual producción en sus películas de Elizabeth Avellan, se puede decir que Robert Rodríguez consiguió una satisfactoria película en cuanto a lo que ofrece y da de sí el cómic de Miller, pero además superó sus retos personales como cineasta y esteta de la imagen, el montaje y la 2edición. Hablar de Sin City supone hablar de unos rasgos inigualables, únicos y característicos dentro del cine que bebe de cómics. Sus personajes enfermos, apasionados y torturados, envueltos en una ciudad corrupta donde la mujer es una marioneta, un desfogo y también un sistema de gobierno, valieron un total de más de 158 millones de dólares, frente a los 40 millones que había costado la película (más adelante veremos que tampoco fue tan cara), además de un premio técnico en el festival de Cannes, entre otros premios.

Tan solo un año después llegaría a los cines una nueva entrega de lo que el cine es capaz de hacer con Frank Miller. La productora Gianni Nunnari (Se7en, Abierto hasta el amanecer, Infiltrados) descubre el cómic 300 y adquiere los derechos, se sienta a escribir con dos guionistas, y llega a manos de su director, Zack Snyder (Dawn of the dead), en junio de 2004, quien le daría junto a otro guionista más vueltas a lo escrito. Frank Miller entra a formar parte del proyecto como productor ejecutivo.
Con esta película no solo se catapultó a Zack Snyder como un visionario del siglo XXI en materia de cine que surge de los cómics, sino que también amplía el horizonte estético que es capaz de dar los cómics de Miller con el nuevo cine digital y los chromas. Plano a plano, viñeta a viñeta, Zack Snyder abre un universo videojueguesco, altamente estetizado en todos los matices de su historia y sus paisajes. Hace épica posmoderna de un espíritu abocado al fracaso como fue el de Esparta, frente a un imperio Persa pintado de manera exagerada como la maliciosidad personificada. Sin embargo, la mujer en esta producción es más respetada y con más matices que en Sin City (algo que no se volverá a ver más en ninguna película de Snyder). Su reparto principal se abre a nuevos y jugosos proyectos tras esta producción. Incluso, ¡oh, pero si el rubio extrovertido de melenazas es Fassbender!
De los 65 millones de dólare4s que cuesta, se recaudan la friolera de 456 millones. Lógicamente, esto hará saltar a Miller desde la piedra más alta de la montaña, para que finalmente no haya ni una triste colchoneta que amortigüe su caída.

En 2008, Frank Miller adapta a cine The Spirit de Will Eisner, para dar como resultado un trabajo que bebe directamente de la estética más Sin City, pero con un guion y unos personajes demenciales, aberrantes, infantiles y sin ningún tipo de interés. Miller coge a Samuel L. Jackson, una cara conocida que si se lleva bien con los creadores es capaz de dejarse hacer cualquier cosa. Fantasea con el físico de Eva Mendes, Scarlett Johansson, y hasta con Paz Vega, que interpreta a una francesa hablando en inglés (tela, precisamente lo que sobra en la película), siendo la peor para Sarah Paulson, mientras denigra su moral y principios por debajo del insulso e ¿irresistible? héroe. Co5nsigue sus mejores puntos en la foto de Bill Pope y la música de David Newman, pero esto no levanta una producción que cuesta 60 millones de dólares, y que tan solo recauda 39 millones. La crítica tampoco se corta en vapulearla.

No es hasta 6 años después cuando se vuelve a dejar ver en cine dos nuevos trabajos del legado de cómics de Miller. El mismo año se distribuyen, con éxitos completamente dispares, 300: El origen de un imperio y Sin City: Una dama por la que matar. Ambas películas denotan una extensión innecesaria de los universos cinematográficos que han dado lugar los cómics de Frank Miller. La gran chispa digital de la década pasada fue efímera e irrepetible. Eva Green y su agente tampoco están muy finos a la hora de escoger los proyectos comerciales a estrenar ese año en salas.

Por un lado, Rodríguez y Miller repiten los mismos roles para la secuela de Sin City. El estilo y la estética sigue la misma receta, e incluso pretenden afinar más los detalles que nutren la ciudad en la que transcurre la película.
La historia central es la que protagonizan Josh Brolin y Eva Green. Un intento de historia neo-femme fatale bastante absurdo y carente de escrúpulos, que solo parece querer buscar los motivos de su esencia en el físico femenino. Mickey Rourke repite personaje, pero apenas aparece para levantar la película. La historia que protagoniza Joseph Gordon-Levitt es decente. Incluyendo cameos de Christopher LloydRay Liotta, y uno muy forzado de Lady Gaga, por quien rezo que tenga en el mundo audiovisual los días contados. Bruce Willis es un fantasma, y Jessica Alba baila y baila. En fin, un nuevo paseo innecesario por una ciudad putrefacta.
De nuevo, un batacazo en taq6uilla. De 65 millones de dólares que cuesta, solo se recaudan 39.4 millones. Esto, unido al batacazo de la secuela de Machete, Machete Kills (más disfrutable que la de Sin City), no augura mucho más sitio en el cine para Miller, ni un buen futuro para Rodríguez.

Por otro lado, la secuela de 300 repite guionistas. Se deja la friolera de 110 millones de dólares en producirse, con un estilo mucho más cutre que la película de Snyder (esa sangre, redios), tratando de cruzar la batalla de Themístocles con la de los espartanos. Un deleite visual de serie B que tampoco tiene interés en su historia, porque ya fue contada en su día, y con una motivación estética superior a la dramáti7ca, en la que además correr con ese riesgo logró funcionar. Un director nada visionario recicla el universo de Snyder y el resultado es únicamente visible un domingo por la tarde con jaqueca y resaca.
Aunque la recaudación triplica la cantidad de dinero invertido en la película, la crítica no se pone de acuerdo, y los fans de la anterior entrega de Snyder salen descontentos de las salas.

En definitiva, tanto Sin City como 300 marcaron con creces la importancia de los recursos estéticos y digitales a la hora de crear atmósferas y universos imposibles, que nunca tuvieron lugar. No obstante, la visión estética de quien esté detrás, junto con las estridencias del guion, son asignaturas pendientes a la hora de explotar las publicaciones de Frank Miller.

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